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Libro: Siglo XX Nadie Tuvo La Razón

María Conchita


Son los años cuando John Lennon canta Give peace a chance, estalla la crisis de los misiles en Cuba, ocurre la matanza de My Lai en Vietnam, fracasa la invasión en Bahía de Cochinos, asesinan a Patrick Lumumba, a Rafael Leonidas Trujillo, a John Kennedy y al Ché Guevara.

Son los años de la violencia guerrillera en Venezuela. De la exportación del comunismo de Castro. De las invasiones y contrabandos de armas de fabricación rusa, checoslovaca y cubana, por las costas de Falcón y Machurucuto.

Del guerrillero detenido que muere a manos de un general, con la cabeza aplastada por la máquina de escribir con la cual le estaban tomando declaración. El guerrillero se jacta de la forma como le cortó los miembros a los tres oficiales. De como les enterró vivos y sangrantes. De como metió los miembros amputados en sus bocas y las selló con mordaza para que muriesen asfixiados.

El recuerdo de sus tres jóvenes oficiales, a quienes le unía el nexo noble y fuerte de quienes comparten batallas y peligros, entristece al general. Los detalles minuciosos de la descripción hecha por el cínico guerrillero, hacen que brote la lágrima y le confirman que el guerrillero no está mintiendo.

Cuando escucha las sorprendentes declaraciones de cómo han penetrado los mandos militares, de cómo conocen con antelación sus pasos y estrategias, y de cómo está seguro que habrá de recobrar su libertad negociada, el general despierta al mundo real. Las marchas y contramarchas; órdenes y contraórdenes; todas las piezas encajan, para conformar el monstruoso rompecabezas.

El general estalla. La cabeza del guerrillero también. El general abandona el teatro de operaciones. Baja de la sierra. Pasa a retiro. En la barra del Ritz, ese maravilloso Ritz de cuando Manolo y Manolín, antes de ese maravilloso Ritz de cuando Jackie Traverso, avanzada la noche y los tragos, hace el macabro relato que nadie le cree. Rumbo al carro, se detiene y les dice: No me importa que no me crean. Tenía que decirlo antes de morirme&. Su mirada no miente y nos habla de verdades demasiado amargas. Fallece tres meses después.

Eso había sido en la sierra brava. En las cercanías de Churuguara. Hacia el otro extremo, en las montañas de El Bachiller, aquel bachiller no tenía idea ni responsabilidad de miembros amputados ni cabezas reventadas.

No se explicaba como podía haber explotado aquello. Un compañero le dijo que en el ejército también sucedían esos accidentes y que no necesariamente era por mala calidad. Hacía poco tiempo había heroicamente volado el oficial de la marina Lino Guillermo Iribarren Forzán, hijo del escritor larense Lino Iribarren Celis. Protegió con su cuerpo - y con su propia vida - a sus compañeros de pelotón, de la explosión de una granada defectuosa.

Ya tenía como tres semanas que lo habían bajado del cerro. La pierna le dolía bastante, pero aún la tenía allí, que dadas las condiciones, también era mucho. Teniendo aprobado su segundo año en la Escuela de Medicina Vargas, el sabía de sobra que una dosis de metralla como la que tenía alojada en el cuadríceps, hasta en gangrena podía terminar. Menos mal que no le llegó a tocar la femoral. Y ese cerro El Bachiller no era el mejor hospital.

Ese cerro era muy bravo. Sin balas ni soldados, el cerro solito te podía tragar entero. Balas y soldados eran lucha, patria, gloria. El cerro era calor, barro, plaga, culebras.

Una vez les llovió durante cuatro días, casi sin parar. Tanta lluvia y el calor que no se va. Lo que se pone es pesado el aire. Todo es como un vapor caliente. Todo está pegajoso. La ropa empapada es lo único que se siente frío, pero no te refresca en lo absoluto.

La fiebre la aguantó. Los temblores, también. Lo que lo desesperaba eran las moscas y las abejas. Lo que más odiaba del cerro era a todos esos bichos que volaban y picaban y sonaban tan feo.

El disquito era de pinga. Bueno, cuando Machaco dejaba que lo pusieran. Yo a esa carajita la escuché una vez en la central. Ahí cantó la de las pregunticas, la de los mineros de Asturias y la de Comandante Ché Guevara. Ese fue el día del peo en la plaza del rectorado, cuando hablaron Américo y Juvencio.

Lo del arrollamiento, fue arriesgado, pero salió bien. Sobre todo lo de la muchacha con la crisis de histeria. Distrajo muy bien a los guardias de la alcabala. La histeria y la blusita, medio abierta, sin sostén. Si yo, que estaba rajado del dolor, no hacía sino verla.

Y en Tacarigua, en la medicatura, el de la barbita fue increíble. El sabía que aquello era plomo. No hacía sino verme. Calladito. Hasta que la enfermera, salió a llenar las planillas.

- Pana, aquí no hay nada. Esta mierda se está cayendo. Aquí no te vamos a poder atender. Pero este par de vainitas te las tengo que sacar antes que te lleven a otro lado. Aguanta que te va a doler que jode.

Tenía razón el hombre. El par de vainitas dolieron como el demonio. Para cuando empezó a sacar la primera de las otras cuatro, ya me había desmayado.

En el Periférico de Catia la cosa estuvo mejor. Allí estaban de guardia dos chamos del 23. Del Sierra Maestra. Los de ese bloque sí son bravos de verdad. Lo malo era la comida. El día que jodamos a esos cabrones, les voy a meter todo su atol por el culo.

Ya van a ser las tres. Me tengo que ir pa´l carajo. Piazo de arrechera va a coger la vieja si sabe que no estaba de pasante en Maturín. Qué bolas tienen de buscarse una concha aquí. Porque no son ellos los que tienen que estar enconchados y además cagados. Si todo Prado de María, El Cementerio y Los Rosales están full tombos del SIFA.

Antes de comenzar a caminar, se dio vuelta. Ninguna gracia le hizo el nombrecito de la casa.

- Una concha que se llame Conchita, ¡qué bolas!.

Ignoraba que María Concepción era el nombre de la dulce anciana propietaria del inmueble, quien rosario en mano, le despedía cariñosa desde la ventana. Con muchos familiares que habían sido inquilinos obligados en los campos de concentración de Palenque y de Guasina y en los sótanos de la Seguranal, y con sus únicos dos nietos en roles de andariegos armados por los montes de Zaraza, afecto, techo y pan, no faltarían a ningún combatiente que trajeran a su puerta.

Sus reflejos le hicieron correr. Era todo sinapsis, todo Pavlov, todo perro. Disparo igual a peligro, igual a ¡corre, carajo!.

El policía ya se había bajado al primero que salió del banco, mucho antes de que alcanzara la puerta del Impala azul. Los del carro tenían que estar mal, porque después de los plomazos, habían chocado al autobús y estaban quietos sobre la acera. Lo que no se explicaba era por donde salió el flaco aquel que corría cojeando.

- ¡Párate, coño e´ tu madre! Grito y plomo salieron juntos. El grito le entró por cada oído y no salió por ninguno. El plomo calibre 38 le entró por el pulmón izquierdo y le atravesó limpiamente la sucia franela.

El tipo estaba en la esquina y su 45 le apuntaba de frente. Nunca supo que las dos balas, una 38 municipal y una 45 militar, entraron al mismo tiempo por cada pulmón. Una por delante y otra por detrás.

No sintió mucho dolor. Cayó algo lento, ladeado. Entreabrió los ojos. Sólo alcanzaba a distinguir zapatos. Entre el ruido, lo único que lograba captar era el horrible zumbido de las enormes moscas que revoloteaban sobre aquella media naranja exprimida. Cerró ojos y oídos, que justo ayer habían cumplido sus últimos 19 años, y emitió su postrer suspiro.

- Coño, arrima la bolsa de basura, que este chamo guindó. Está muerto de bola.

Los disparos no se oyeron en Altos de Lídice. La vieja era una 45, que ya había disparado siete veces en la Concepción Palacios. Tres machitos y cuatro hembras, sin ningún papá.

Cuando era una 22, le mataron al mayor. Siete añitos iba a cumplir. El autobusero no lo vio, a pesar de que a las tres de la tarde de aquel sábado, tan sólo se había tomado botella y media de ron.

A los 38 le mataron al segundo. Ese tenía veinte. Pero bastante le dijeron que no se metiera con la mujer del italiano. El pobre muchacho se lo buscó. Y el italiano todavía le fiaba el lagarto para la sopa y la falda para mechar su carnita.

Vieja 45. A esas horas, no tenías porqué estar allí.

Por culpa de la manifestación en la Urdaneta, no llegó a tiempo a la tintorería en Boleíta. Tres veces en la quincena, no era como para despedirla así. Bastantes veces se quedaba ella hasta las siete, siete y media, sin pedir horas extras. Por eso le dolían tanto las piernas.

Sin remotamente imaginar lo ocurrido semanas atrás, por los cerros de El Bachiller, tenía entre sus manos la foto donde estaba él con su diploma de bachiller. El mejor de su curso en el Fermín Toro. Cuando su maraquito se le graduara de médico, le iba a curar su diabetes.

En la pantalla del televisor, en capítulo varias veces repetido, el diligente Dr. Kildare, atendía a un herido en la calle. La vieja 45 apagó el televisor. Ella también cerró ojos y oídos, y emitió un largo suspiro, mucho más aferrada al retrato que a su propia vida.



Oyó vivas y oyó mueras
oyó el clamor de la gente
él sólo quería saber
si era o no era valiente

Lo supo en aquel momento
en que le entraba la herida
se dijo no tuve miedo
cuando lo dejó la vida.

Su muerte fue una secreta
victoria. Nadie se asombre
de que me dé envidia
el destino de aquel hombre.

Jorge Luis Borges
Extracto - Milonga de un Soldado

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