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Libro: Siglo XX Nadie Tuvo La Razón

Prólogo: Mikel de Viana

No puedo decir con Mauricio Gómez Leal que guardo recuerdos de Reinaldo Casanova. He venido a conocerlo personalmente hace poco tiempo, y precisamente con ocasión de la lectura del manuscrito de Siglo XX: Nadie tuvo la Razón. Del autor he comenzado a conservar memorias recientes, la estampa de la sencillez amigable y del buen conversador criollo que, recuperando historias, puede llevar al olvido el sentido del tiempo que corre.
El Pórtico de Mauricio me pone en aprietos. No sólo es difícil un Prólogo después de un Pórtico - algo perderá de lo suyo, porque el Prólogo ya no está delante sino después -; además me carga con tareas de las que quiero escapar: la de poner la ordinatio rationis al texto y su contenido, dice él, y la de aprovechar para repartir absoluciones. La verdad es que, Siglo XX: Nadie tuvo la Razón tiene su propio orden de razón, el suyo, y no quisiera de mi parte añadir ni quitar punto en ese asunto.
Recuerdo que el día que Reinaldo Casanova me ofreció su manuscrito, antes de leer nada, le pregunté de que género se trataba; y él me respondió, como luego leí en las primeras páginas, que no tenía idea del género al que podría adscribirse el texto que sometía a mi lectura. No gastaré yo energías en clasificar textos, pero al concluir la lectura mi impresión dominante era que acababa de recorrer anímicamente "su historia". La historia de Reinaldo Casanova, no en el sentido de "su biografía" - aunque haya muchas escenas autobiográficas -, sino en el de la lectura radicalmente subjetiva de lo acontecido, "su versión personal e intransferible" de cantidad de hechos de los que yo mismo he sido testigo, lejano las más de las veces.
No hay en Siglo XX: Nadie tuvo la Razón pretensiones historiográficas ni histórico-críticas, él anda en otra cosa. Lo suyo es rendir testimonio, el suyo, sencillamente, desde su esquina: "informarles acerca de como he visto yo ese largo trayecto" (cf. Introducción).
Aquí y allá, a veces, mi memoria o mi conocimiento de lo narrado han hecho cortocircuito con lo que cuenta Reinaldo, pero entiendo que un texto como el que el lector tiene entre sus manos se construye sobre una matizada noción de verdad: a la "verdad de hecho" - esa empírica y, ojalá, verificable que han de documentar precisamente los historiadores y que a veces puede cortocircuitar con las verificaciones - se le añade una "verdad de sentido", que no está inmediatamente en los acontecimientos que sirven de materia prima al cuento que nos echan, sino que tiene que ser asignada por el que nos los cuenta.
En Siglo XX: Nadie tuvo la Razón, la verdad de hecho es el pre-texto para la verdad de sentido, subjetiva, de Reinaldo Casanova, que es su versión. Lo que sucede es que repetidas veces a lo largo del texto, esa verdad de sentido resulta novedosa, insólita y sugestiva. y eso tiene mérito. Y ni encuentro las blasfemias que imagina Mauricio, ni me toca absolverlas. Lejos de mí absolver historias, convencido como estoy, por otra parte, de que aquello de "la historia me absolverá" es una trampa cazabobos del historicismo: si no lo puede hacer la historia, no lo haré yo.
Encuentro un atractivo en Siglo XX: Nadie tuvo la Razón: la libertad formal con la que Reinaldo escribe. Mientras leo, fácilmente lo imagino conversando, creando esos climas íntimos de la confianza amistosa, desgranando datos insospechados, tejiendo suspensos que estallan en la ocurrencia oportuna; me lo imagino en ese deporte nacional de echar nuestros cuentos, cada uno los suyos.
Un episodio de esa libertad formal para escribir son los sorpresivos elencos de nombres con que tropezará el lector. En ellos, la pregunta no es quienes están, sino quienes faltan. Tengo la impresión de que el indice onomástico del libro puede dar la pauta para terminar recopilando el who is who caraqueño del siglo pasado.
Despues de verlo convocando autoridades en la Introducción, me alivió constatar que había asimilado la lección de los maestros: el mejor estilo es tener algo que contar y no tener ni buscar estilo para hacerlo.
Tengo para mí, que escribe bien el que habla bien porque piensa con claridad. No sé donde dejó escrito Nietzsche que quien tiene un porqué encuentra el cómo; creo que se refería a la vida, pero pienso que vale para la escritura: quien tiene algo que decir encuentra como decirlo. Eso pasa con Reinaldo Casanova en Siglo XX: Nadie tuvo la Razón.
Las cosas insólitas que pasan entre nosotros, tantas de ellas recordadas en Siglo XX: Nadie tuvo la Razón, terminaron tentando al autor para que nos propusiera la ficción de "la quinta dimensión" - que, curiosamente, coincide en el ordinal con la republica bolivariana -, de la que sólo queda alguna fugaz mención en la versión definitiva que los lectores conocerán.
Pienso que el recurso a la ficción es irrelevante: como hace pocas semanas el Gabo le recordó al canciller de la bolivariana, la especificidad del realismo mágico reside precisamente en que sus hechos son rigurosamente ciertos a pesar de que parecen maravillosamente irreales. Lo mismo sucede con tantas páginas de Siglo XX: Nadie tuvo la Razón: es inútil que se ubiquen en la ficticia quinta dimensión, cuando todos sabemos que han sido, no digo "históricas", sino sucedidas.
Desde el punto de vista historiográfico se ha opinado que el siglo XX venezolano ha sido mas bien corto: se iniciaría el 17 de diciembre de 1935, con la muerte de Juan Vicente Gómez para cerrar el 6 de diciembre de 1998, con la elección presidencial de Hugo Chávez. Un inicio muy tardío y un final discretamente anticipado; y no faltan motivos para periodizar de este modo. En la antesala de esa periodización está el hallazgo del petróleo, que ha marcado todos los rincones de la memoria y la realidad venezolanas del siglo, y que nos salvó de acompañar más de cerca a Haití en sus infortunios - porque ese era el camino que llevábamos -. Al final está algo dificil de definir, que algunos mientan "el proceso" y lo califican de "revolucionario", y que a ciencia cierta no es posible decir a donde nos conduce.
Entre las dos fechas está una sociedad que ha hecho agónicos avances y retrocesos en el intento de alcanzar la modernidad. No sólo la de los corotos que pudimos comprar gracias a la renta petrolera, sino la modernidad del pensamiento, de las instituciones, de las relaciones económicas y sociales. El único modo de vida que podría garantizar a los venezolanos lo que han pretendido con mayor o menor conciencia en los últimos dos siglos: libertad e igualdad.
Entre las dos fechas discurren los formidables procesos de transformación de la sociedad venezolana del siglo XX: la unificación territorial y la consolidación de la identidad nacional; la expansión de la población y su definitivo establecimiento urbano; la espectacular y pacífica transformación de los roles de la mujer y su incorporación plena al mercado y a la vida social y política; el auge y la ruina del modelo rentista petrolero de la economía; la masificación de la educación formal; la extensión y penetración de los medios de comunicación social en la vida cotidiana de cada venezolano; la construcción del Estado democrático moderno y el reciente desmantelamiento de sus instituciones; la caída de la hegemonía de los caudillos militares y el surgimiento de nuevas clases sociales hegemoónicas de la mano de AD y COPEI, para presenciar en estos días el último ajuste hegemónico, el reemplazo de los actores en el poder. En Siglo XX: Nadie tuvo la Razón, se recorre esta historia de los procesos mayores a traves de los sucesos menores y desde la piel testimonial de Reinaldo Casanova.
Para un observador atento, capaz de miradas de largo aliento, el siglo XX venezolano ha sido un fascinante laboratorio de cambio social: entre la Venezuela que dejó Gómez y la que recibió Chávez se ha producido un auténtico cataclismo de transformaciones, en menos de siete décadas y con costos humanos reducidisimos. No es fácil apreciarlo para quienes viven el día a día y no alcanzan a ver mas allá, pero es verdad.
Ahora bien, si esto es cierto, no lo es menos que, por ejemplo, leyendo a José Rafael Pocaterra en las primeras páginas de las Memorias de un venezolano de la decadencia, al describir el gobierno del cabito Castro, es inevitable reconocer a la Quinta República con la que estrenamos los venezolanos el siglo XXI. Entonces, ¿que ha cambiado realmente?, y ¿quien tuvo la razón?
En el libro que el lector tiene entre sus manos se intenta responder a estas preguntas con las licencias que anunciaba yo arriba. El autor adelanta, desde el título, que nadie tuvo la razón, y seguramente se hace eco de un sentimiento muy extendido de perplejidad y confusión, no tanto acerca del siglo que acabamos de despedir, sino acerca del futuro próximo.
De sobra esta decir que el título elegido por Reinaldo Casanova es una provocación al lector; una invitación a que le acompañe haciendo memorias e intente rescatar lo que de razón nos queda. ¡Buen provecho!

Mikel de Viana, S.I.

Caracas, Febrero del 2001