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Libro: Siglo XX Nadie Tuvo La Razón

Mandingo


Desde que estaba carajito, había sido muy grande para su edad. Su hermana mayor decía que él había salido a su papá, un isleño enorme que trabajaba en mecánica, cerca de Curamichate. Y por eso los ojos verdes.

Lo que tenía de su mamá, era el pelo azabache, grueso y ensortijado, muy cercano al chicha. Y de su mamá también tenía a su morocha, la única persona que sentía que le quería de verdad. Que le entendía de verdad.

Sus hermanos eran todos muy distintos, como distintos eran sus padres. Y todos vivían por su cuenta. Uno en la 905. Otro en La Silsa. La que estaba mal era la que vivía en Ojo de Agua, con el latero.

En Roca Tarpeya sólo estaban su mamá, la mayor con el carnicero, y la morocha, igualita a él, pero tranquila. Ya la habían preñado dos veces, pero los había perdido. Pescuezo e´ Pollo la coñaceaba mucho.

Tenía como doce años cuando el profesor de educación física le hizo tomarse la primera pepa. Ese día entrenó mejor que nunca y todavía después nadó como catorce piscinas en el Gustavo Herrera.

Desde entonces no paró de probar todo lo que conseguía. Ni de echarle mano a cualquier cosa que dejara a mano la familia, o los amigos, o los vecinos, para venderla y poder pagar sus pepas.

Por la combinación de los ojos y del pelo, más una buena dosis de pepas, tuvo su primer problema grave. Ya tenía dieciséis años. Le comenzaron a apodar Bachaco, que para nada le gustaba, hasta que el pico de botella le rajó la boca, y media cara, al grandulón aquel en la cancha de basquet.

Para cuando se le pasó la resaca, ya estaba en el Retén de Los Chorros. Tres meses estuvo allí. Dos semanas le tomó imponerse al grupo. Sin drogas, se limitó a moler a palos a los tres que trataron de imponer su ley en el baño. Todos sabían el cuento de Bachaco y como no puede haber jefe sin nombre, por lo salvaje de la paliza propinada le bautizaron Mandingo.

Un mes para planificar la fuga. Y una semana para entrenar a los tres bolsas que distrajeron a los guardias. A Los Chorros entró Bachaco y de Los Chorros salió Mandingo.

A las ocho estaban los cinco en la calle. A las nueve le tocó al taxista. Cinco mil bolos les dio sin chistar. A las diez, la licorería en La Castellana. Sólo noventa mil cocos y diez botellas le costó al gallego la visita de Mandingo. Ponerse cómico si le costó tres días en la Clínica El Avila y el 357 Magnun que no llegó a sacar de la cintura. Los otros fucos, 9 los dos, y las conchas, estaban en el cuartico de atrás.

El taxista de las diez y media, a las once andaba cagado y a pié frente al Tamanaco. Después de un cuarto de hora con aquel enorme y frío cañón en la boca, daba gracias al cielo de que sólo le habían llevado el viejo Maverick.

Mandingo iba de rumba pa´Las Minas, porque en Las Minas siempre hay rumba. Como a las tres, ya Mandingo estaba como las ruedas del metro: crack-crack, crack-crack.

Solo Ultimas Noticias y Noti Rumbos reseñaron la fiesta de Las Minas. Un muerto y seis heridos, quienes por cierto, en varios meses no iban a poder seguir bailando con Natusha y Roberto Antonio.

Ya había luz del día cuando llegaron a Plan de Manzano. Como a las siete se aseguró de que Pescuezo e´ Pollo no iba a coñacear más nunca a su Morocha. Que no iba a coñacear más nunca a más nadie.

El primer disparo lo quebró. Los otros dos fueron por las barrigas perdidas de su morocha. Tres más por las bolas del Pescuezo.

En la carretera vieja, no se usa uniforme para esperar los jeepcitos. Para eso están los maletines. Y no se anda sólo, ni de vaina. Eran cinco que iban apurados para el cuartel de Cotiza.

El primer disparo les sonó a triqui traqui. Cuando sonó el segundo.

- ¡Pinga, mano, eso es plomo!

Ya por el tercero, estaban en el piso gorras y chapas. Y en las manos los de reglamento.

Por la frontera entre Plan de Manzano y Ojo de Agua, caen dos que no se apartaron a tiempo y uno que se asomó a reclamar la bulla.

Mandingo jugó trompo y chapitas por esos lados. Conoce bien las veredas. Y por las escaleras jodió a bastantes en carnaval. Allá arriba voló papagayos, que todavía le saludan desde los cables. Si llega a casa del latero, no hay güey. Sale por la ventana de atrás y se mete en la cola de las busetas.

- Pírate, Mandingo. Dáte con furia, que tú puedes.

Algo anda mal.

- Por aquí como que no es la vaina.

Cuando termina de subir y dobla a la izquierda, el terraplén está pelado. Ni rancho, ni latero, ni hermana, ni busetas. Como campo de fútbol sin grama. Y unas máquinas enormes, amarillo Caterpillar y rojo oxidao.

Mandingo corre muy duro, porque tiene buenas piernas. Bajó bastante su velocidad, cuando le hicieron el primer agujero en la izquierda. Fuerte y joven, Mandingo alcanzó a llegar hasta la base de aquella enorme valla, donde las balas también alcanzaron a llegar.

De la boca de su 9 salió un último disparo, con alas de rabia, hacia Boquerón. De los labios de Mandingo brotó su frase, teñida de sangre, hacia Roca Tarpeya.

- Tranqui, Morochita, que ya lo jodí.

Siete horas tardó el forense en llegar y recoger aquel cuerpo al pié del letrero que anunciaba: Gobernación del Distrito Federal, Obras de Remodelación del Barrio...

El cadáver no tenía identificación. En los bolsillos sólo encontraron un par de pepas y la foto de un niño y una niña, muy parecidos entre sí y trajeados con los atuendos de primera comunión.

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